El Ojo Vago


Un craso error

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El adolescente de iniciales M.L. C. D., se ha entregado esta madrugada en las dependencias de la benemérita, entre sollozos y sus manos no menos sucias que su mirada perdida en el aire. Nuestras fuentes han podido acceder al secreto de sumario que el juez impuso ante tal suceso, a continuación se citarán textualmente las palabras de éste adolescente con aspecto efebo:

“Llevaba trece semanas y cinco días hurtando carros de la compra de grandes almacenes como Alcampo, Carrefour, Leroy Merlin. Con una herramienta especializada en extraer monedas de su cajetín, ahorraba honradamente para mi arma hoy en día confiscada. Yo quería sentirme especial empuñando un arma porque, en la televisión, George Bush y Chuck Norris aseguran que es algo maravilloso y que las disparan los machos, y las cargan sus mujeres. Un día oteando escaparates desde un catalejo, avisé mi preciado capricho que tanto llevaba esperando. Mi arma con punto de mira láser era mi mayor trofeo; en el estreno de lo que representa la seguridad en mí mismo, comencé mi adiestramiento pseudomilitar guardando empíricamente datos relevantes de mis sensaciones, y descubrimientos de los impulsos. Transcurridos al menos doce minutos ya era nivel Capitán, y era sobradamente preparado para poder alcanzar blancos en movimiento. Intenté disparar al aire repetidas veces hasta vacíar el cargador de proyectiles de antrhax, que yo imaginaba que existían, en vano. Quizá sí conseguí dañar al aire pero no fui persona para entenderlo. Frustrado en mi decepción ególatra observé cómo mi gata, de nombre: Gata, 2,6Kg, 31cm, se interesaba por el punto de mira tan flamante. Sin dudarlo le grité: “¡Gataa… Por la república!”, a lo que ella replicó: -”Mauo, miiau, miiiaaaauuu”. Traducido a nuestro idioma: -”Di no al Estatuto Desgraciado”. Enfurecido hasta las sienes, mi vista empezó a nublarse, un sudor frio surfeaba por la cresta de mis escalofríos y mis pupilas desenfocadas no pudieron evitar la enajenación mental, transitoria, que tal ofensa a mi persona provocó quien yo pensaba que era la madre de mis hijos. Apunté a su entrecejo y sin dudarlo disparé catorce proyectiles de antrhax a su cerebelo. Cual fue mi sorpresa cuando observé que sus ojos azules, comenzaban a teñirse de amarillo y su lánguido cuerpo se desplomaba; había fallecido”.

En estos momentos de la confesión en el interrogatorio, se emocionó arrepentido por su homocidio supuestamente involuntario. Lo que él no sabía es que su mascota era epilépsica, y el puntero láser dañó su cerebro hasta la auto inmolación.

En: Relatos — May 17, 2006 — menéame menéame


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